lunes, 12 de mayo de 2014

Historia de un jazmín.

Larisha buscaba consuelo en ese jazmín, apenas tenía agua para beber, pero seguía regando esa flor.

Cada día que pasaba era un pétalo más hermosa, un pétalo más de esperanza.

Miraba todas las mañanas a ese rincón donde se cobijaba, su pequeño secreto desde que llegó allí, su tesoro su pequeño amor de arabia.

Ni los gritos ni las blasfemias, ni las marcas en su fina piel ni los recuerdos de su presente eran capaces con la pequeña flor de jazmín que crecía en el rincón de esa celda.

Ellos no se saciaban, la flor no quedaba satisfecha.

Tan distintos pero a la vez tan parecidos, la ya tan no inocente Larisha sonreía a quienes le hacían daño.

Porque una flor no es mala por tener pinchos, ni un escorpión malvado por llevar un aguijón con veneno.

Al principio los días se hicieron eternos y las noches no pasaban. Luego los días pasaban como si no hubiera eternidad.

Larisha miraba atenuante ante la tenue luz que salia de la ventana de aquella jaula de cementos.

Observaba las estrellas y pensaba que tenía suerte de estar allí con su pequeño jazmín.

Pues las estrellas estaban en lo alto, eran libres pero no se podían mover y las que se atrevían a ser fugaces se marchitaban por sus caminos.

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